Opinión
Por Manuel Viera 21 de agosto del 2013 - 17:09

Con absoluta desfachatez

¿Es posible cambiar el guión de lo establecido desde hace un siglo añadiendo un poco de sensatez a una Fiesta perjudicada más desde dentro que desde fuera? Si ahora, aquí, no se produce el milagro de la unión y el entendimiento de los que la dirigen y viven de ella a modo de recuperar, de una vez por todas, el prestigio y la seriedad, esto se acaba y se va al carajo sin remedio.

¿Qué puede añadirse que no se haya escrito ya de esta historia que vive su vida, un día sí, y el otro también, con absoluta desfachatez? Como si ese toro impresentable, cuidadosamente escogido por, o para, la "figura", encerrase  la quintaesencia de la bravura. Hecho, que recuerda aquello de que el que manda hace lo que le apetece y donde le apetece.

El pasado domingo se llegaron a reconocer en El Puerto de Santa María hasta dieciocho reses para escoger seis toros dignos para una plaza y para una terna en la que ya no estaban los anunciados Morante ni Talavante. El primero, sustituido por Castella, fuera de combate por la cornada sufrida en Huesca,  y el segundo "enfermo" dos horas antes del comienzo de la corrida y reemplazado "in extremis" por Pérez Mota. Y de nuevo la misma divergencia: el toro. El toro que para los que lo lidian y el que organiza el espectáculo es el válido, y para el que preside y supuestamente vela por los  intereses del que paga no lo es.

Seguimos moviéndonos en medio de esa picaresca severa y avara de los que provocan la desconfianza en un público que con inusitada paciencia intenta adaptar su afición a este complejo mundo de las corridas de toros. Y que pese a recibir palos desde diversos frentes aguanta a los que viven escondidos como hurones, a cuesta con su  parquedad de mollera, sin importarles que ese vivir con la perspectiva perenne de la pérdida económica  provoca estas actitudes con las que emergen de inmediato los poderosos intereses de los que buscan  ese  falso alivio en el ruedo de la plaza, que dañan, y de qué manera, a una Fiesta vapuleada y maltratada.

Quizás entonces, cuando unos y otros le echen sentido común a estos penosos asuntos, se darán cuentan  que, a diferencia de lo que ahora sucede, el enemigo no son los otros, sino los mismos de siempre.

 

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