El cuarto de El Ventorrillo, que como no podía ser de otra forma enlotó El Cid, fue un gran toro. Lo fue y lo pareció, como la mujer del César. Para el torero, para el público y para el espectáculo. De los que se ven pocos. Pocos como éste han saltado en lo que va de temporada.
Un animal que rompió, tras los dos primeros tercios discretos, en la muleta del de Salteras, engordando la leyenda de la flor en los sorteos del torero sevillano, que se llevó lo mejor de una desigual corrida de Fidel San Román.
Ese toro marcó la tarde. La marcó y se la llevó, por encima incluso de la faena de Manuel Jesús. Fondo, prontitud, alegre galope, calidad y clase en la embestida, recorrido, ritmo, repetición y duración. La vuelta al ruedo, no concedida, de clamor.
Por ponerle un pero, no anduvo sobrado de fuerzas, hecho éste que le impidió desarrollar más y mejor todavía su fondo sobresaliente.
La corrida, muy desigual en cuando a hechuras, conformación y volúmenes, resultó también muy dispar en cuanto a juego. Primero y segundo se dejaron bastante. Ambos, con las fuerzas justas, iban y venían sin maldad.
El tercero de Talavante reservón y agarrado al piso, tuvo diez arrancadas con transmisión, cuando Alejandro apostó por dejarle la muleta en la cara y ligarse los muletazos. Sin embargo, pronto el toro cerró el grifo. Antes, pareció por momentos resucitar al Talavante del pasado año, desaparecido en las primeras ferias.
El sexto apenas le dio opción por deslucido y desrazado. El quinto de El Fandi, sin clase, tampoco. Metiéndose mucho el toro con un torero que pronto se desconfió.