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Por Paco Delgado 22 de agosto del 2013 - 19:14

Teología ponciana

Año tras año, temporada tras temporada, la realidad, machacona e infalible, muestra como hecho probado que hay un torero cuya dimensión parece exceder de nuestras cortas entendederas.

Aficionados y entendidos, o supuestos entendidos y presumibles aficionados, han vuelto a maravillarse hace unos días con lo hecho por Enrique Ponce.

Sus últimas actuaciones en Bilbao, Huesca, ante toros de Gerardo Ortega, matando en solitario la corrida tras el grave percance de Morante de la Puebla, con quien competía mano a mano, o Gijón, frente a reses de José Vázquez, también vis a vis, en esta ocasión con Castella, han despertado el entusiasmo y la admiración. Si es que alguna vez se habían apagado.

Porque ya lo había hecho poco antes en Pontevedra, o en Mont de Marsan, o en Burgos, o en Isla Terceira, o en León, o en Alicante, o en Granada... por no hacer esta lista muy larga, a pesar de que, voluntariamente va recortando sus campañas.

Quienes tratan de explicar a Dios, cuestión esta que más debates ha provocado a lo largo de la historia, parece que buscan más responder a si se cree en Él que a justificar y acreditar su existencia, sea con el nombre que sea. Y para demostrarla sólo basta con abrir los ojos, mirar a nuestro alrededor.

Y sólo hay que servirse de nuestros ojos para ver, y comprobar, que lo hecho por Enrique Ponce es motivo más que suficiente para tenerle como a un Dios de la tauromaquia, sin necesidad de entrar en cavilaciones sobre la naturaleza de su ser, estar, esencia o presencia, a pesar de que siempre hubo y habrá quienes discutan no ya su perfección sino hasta su existencia. Algo, por cierto, que los medios de comunicación, a pesar de su actual poca atención al mundo taurino, ayuda a esclarecer, dejando testimonio, con reflejo fiel de su realidad, de una evidencia tan nítida como la luz que alumbra e ilumina su obra. Otro ejemplo: en la cuarta edición de la Gala Starlite, celebrada hace unas semanas en Marbella, Enrique Ponce, que asistió a la misma por su gran amistad con Antonio Banderas y cuya esposa, Paloma Cuevas, pertenece al consejo honorífico de este evento, fue uno de los grandes protagonista al ser su regalo el mejor valorado en la subasta celebrada durante esta cena que se ha convertido en el gran acontecimiento social y benéfico del verano, ya que uno de los asistentes llegó a pagar 24.000 euros por tomar parte en un tentadero en Cetrina, la finca  que el torero valenciano posee en la provincia de Jaén, lo que demuestra hasta donde puede llegar el interés por compartir un día de campo con esta figura del toreo y poder disfrutar de su compañía y su toreo en privado.

Puede que el de Chiva tenga la ciencia a su favor y a los números, pura ciencia, hay que remitirse para considerar, sin necesidad de más teorías ni argumentos, que no hubo nadie capaz de mostrar una potencia creadora como la suya.

Recordemos que, por ejemplo y siguiendo con la línea teológica de esta exposición, también Santo Tomás dudó y quiso ver antes de creer.

Con la tauromaquia de Ponce, inmensa como la creación, pasa algo parecido, y también hay quien lo cuestiona, algo que, por supuesto, le engrandece. No olvidemos que se crece con la duda, puesto que la verdad (que nunca es absoluta) te ancla a una certeza que no te permite evolucionar.

Con este torero se ha visto y creído. Y se sigue creyendo, ya que su taumaturgia no cesa.

Cuando se deja de creer en Dios, se puede creer casi cualquier cosa.

Cuando alguien deja de creer en Ponce, es que ya no le gusta el toreo.

 

Paco Delgado

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