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Por Paco March 18 de julio del 2013 - 10:24

Al otro lado de la frontera

Al otro lado de los Pirineos (según se pasa La Jonquera) frontera natural, hay toros. Quiere decirse que se dan corridas y, además , pastan ganaderías de bravo, con la zona de la Camarga como hábitat natural. Actualmente, Francia tiene registradas una treintena de hierros, con el de Yonnet como más antiguo (ciento cincuenta y tres años lo contemplan).

Al otro lado de la frontera (si del sudeste francés hablamos, nordeste español) se alzan cosos que fueron coliseos, como Nimes o Arles y otras plazas, pequeñas en cuanto aforo pero en constante progreso y consolidación, fruto de algo que por aquí muchos desconocen: seriedad. En el trato, en las contrataciones, en los emolumentos, en la integridad. Hablamos de Béziers, Palavás, Istres, Céret y otras como la misma Frejús o Colliure , a la vera de la tumba de Antonio Machado.

Desde los años del llorado Christian Montcouquiol "Nimeño II", Francia no contaba con torero de primera fila. Ahora son dos, Sebastián Castella (Béziers) y Juan Bautista (Arles) quienes se reparten la atención de los aficionados, de allí y de aquí.

En Céret se acaba de dar , el último fin de semana (siempre alrededor de la Fiesta nacional francesa) su feria. Dos días de toros, por la mañana y por la tarde, a plaza llena. De toros toros (ya me entienden) que hacen las delicias de los aficionados y requieren un esfuerzo añadido de los toreros.

Sobre Céret y sus particularidades, su especial liturgia (esa que incluye todo tipo de simbolismos catalanes, de la música al atuendo del personal de plaza) se ha hablado y escrito mucho, sobre todo desde que el Parlament catalán prohibió , en 2010, las corridas en su territorio de competencia (que, al norte, acaba en los Pirineos). Pero si lo cito aquí es por lo ocurrido precisamente en la feria de este año, hace un par de días y de lo que las redes sociales (que, para lo bueno y lo malo, ahí están) han alertado.

Y es que en la edición del martes 16 de julio de El Periódico de Catalunya el escritor Joan Barril dedica su artículo diario a comentar las sensaciones que le produjo su asistencia a la plaza de toros ceretana.

Joan Barril se mueve entre el escepticismo y la crítica hacía el toreo (como él mismo escribe en la citada pieza) pero también ha mantenido una postura no beligerante en contra, diría yo que equidistante. Pues bien, Barril fue a los toros en Céret por insistencia de un amigo (bien relacionado, se supone, pues estuvo en barrera) y después de la sorpresa que – escribe- le causó (aunque iría sobreaviso, digo yo) escuchar Els Segadors, la rotulación de la plaza en catalán o las barretinas de los areneros y cometer deslices como identificar en los actuantes a "algún torero de Béziers y otro de la Camarga" (quizás sabe, de oídas, de los antes mencionados Castella y Bautista, que no estaban en la feria)  y atreverse a subrayar que, como le dijo su amigo : "en Francia se le da mucha más importancia al toro que al torero...  que, por eso, cuando el toro yace muerto sobre la arena, el mejor aplauso se lo lleva la bestia... que se paga por ver la muerte de un ser vivo" tiene la delicadeza( que lo diferencia de los antis beligerantes) de incluir en tal categoría-la de ser vivo-  al torero (en este caso, Fernando Cruz y su revolcón).

Pero lo destacable (y por eso lo traigo aquí) es el final: "Entre los asistentes veo a un conseller. Me acerco y nos abrazamos como el alguacilillo abraza al diestro antes de darle un trofeo .le digo que tal vez harían bien en revocar la ley que fuerza a los catalanes a una emigración dominical. Me responde: a ver si el Constitucional no echa una mano. Queda claro que el conseller es ante todo un aficionado"

La ley no obliga a los catalanes "a un emigración dominical", sino que  les prohíbe ejercer su libertad de ir a los toros (algo que venían haciendo en los últimos siglos) y , por eso, les obliga (en domingo, en martes, el día que sea, a donde sea o puedan) a viajar en busca, precisamente, de esa libertad negada , desde su exilio taurino interior.

No dice Barril el nombre del conseller con el que se abrazó y como este año no estuve en Céret (otras obligaciones taurinas me lo impidieron) no puede ver la escena del abrazo. Pero no me sorprendería  que el tal conseller que invoca al Constitucional para reparar el desaguisado que los suyos (y él mismo, pues sigue con ellos) provocaron, pudiera ser (sin ánimo de señalar, sólo como pista) Santi Vila, ahora miembro del Gobierno de la Generalitat como "Conseller de Territori i Sostenibilitat" y ex alcalde de Figueres, (Girona) a 40kms, media hora, de Céret.

Vila se ha reconocido aficionado a los toros, ha acudido en alguna ocasión a la Monumental y, también a Céret, y hasta la Federación taurina catalana le distinguió en su día por ello. Fue, es fácil deducir, uno de los ocho diputados de CiU que votaron en contra de la prohibición taurina (riesgo calculado por él y su partido) y,  a los pocos meses, aceptó el cargo en el Govern.  Luego fue uno de los más activos en colaborar (en virtud de su cargo) en el montaje de la manifestación independentista del último 11 de septiembre, pistoletazo de salida para el proceso actual.

A Céret  (como a Sevilla, a Madrid, a Bilbao...) han acudido -de siempre- muchos políticos catalanes, de todos los partidos. Algunos diría yo que casi como experimento antropólogico, otros para dar rienda suelta a sus "bajas e inconfesable pasiones", aunque a ser posible de tapadillo

Sea Vila u otro, no me negarán que el ejercicio de cinismo (nada extraño, muy habitual) es tan evidente como demostrativo de esa clase política que hace de su capa un sayo, del sentimiento moneda de cambio y de la ideología provecho.

Y todo ello ocurre en los mismo días en que se cumplen veinte años de la llegada del futbolista brasileño Romario al F.C.Barcelona, lo que aprovechó, el día antes de la firma del contrato, para acudir a la Monumental para ver a César Rincón, Enrique Ponce y Chamaco, de la mano del entonces directivo Amador Bernabéu, abuelo de Gerard Piqué. Neymar no podrá.

Paco March

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