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Por Manuel Viera 28 de mayo del 2013 - 16:23

Talavante y su nueva historia

Surgió de las cenizas en las que seis "victorinos" sumergieron la existencia de su gesto. Y se planteó acabar con los fantasmas que emanaron de lo que ya no existe porque sabía que su tiempo aún estaba por llegar. Con afán de conquista se plantó de nuevo en Las Ventas para superar el trauma que marcó su argumento. No hay más que recordar la nueva tarde  para apreciar el grado de arrebato  con la que supo adueñarse de la situación. Y así, buscó el triunfo como refugio y desengaño de la realidad del fracaso. Y lo hizo con un toreo que penetró en la gente con inmensa expresividad y enorme pureza, digno de quien lo hace y lo muestra con atrayentes formas.

Cuando existe una nueva historia, el soporte que la impulsó desaparece por arte de magia. Se difumina como se difuminó aquella de los seis cárdenos caídos a plomo y ruina mental. Al sabor de la derrota impuso su criterio cuando se cruzó con el toro con el que supo relatar  la forma de animar las voces calladas. Se sintió torero, artista nato, adepto a la expresión pura de un sublime cambio de mano, para optar  después  a las sutilezas que emanaron de la sensibilidad comunicativa  de su imponente quietud. Y el natural. La mano izquierda que parece ser la herramienta que denota la obsesiva creación de nuevas verdades y parte de un proceso de vital importancia. Ni siquiera la complicada mansedumbre oscureció la versión optimista y ambiciosa que dominó su toreo, al contrario, fue con ella con la que dejó sentenciada la naturaleza de su objetivo.

Su soledad, muda y agónica, tras el descalabro se convirtió en un derroche de valor con el que reivindicó su sitio con esa personalidad propia que no entiende de estímulos externos. A esa tarea se entregó para alcanzar el más alto de los logros tras una lidia innegable e inteligente. Una faena apasionante,  alegre y transparente  presidida por una sensible inspiración.

Ahora, que la firmeza, arresto y aparente facilidad, con la que Talavante se mostró durante la lidia del manso y encastado toro de Victoriano del Río, las declare incompatible con esa simplicidad propia a que nos tiene acostumbrados para transformar suntuosos banquetes de puro toreo en espartanos menús de banalidades. No es lo suyo la desahogada versión  de lo anodino. Pero esa es otra historia. Esta, diferente y triunfal, mostró la seriedad, apostura, energía y concentración de un torero en plenitud que supo reunir el valor, la pureza, el sentido lírico y la audacia armónica para hacer de la lidia una emoción. Y esto, tan genial y rotundo, es el toreo.

Manuel Viera

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