El médico, historiador y escritor Rafael Cabrera, director del programa 'El Albero' de la Cadena Cope continúa con la nueva sección de apuntes históricos. Hoy recuerda a José I Bonaparte "Pepe Botella" y su afición a los toros. Hace 198 años...
Este año se conmemora el segundo centenario del alzamiento del pueblo español contra el invasor francés en la Guerra de la Independencia. Pero la Guerra trajo consigo, además de víctimas sin cuento, calamidades, hambre, barbarie y todo tipo de penalidades, la restauración de las corridas de toros. José Bonaparte, como parte de las celebraciones por su ascenso al trono, ordenó que se celebraran sendas corridas en la plaza de la Puerta de Alcalá allá por julio de 1808, de las que sólo se daría la primera, al llegar a la Corte las noticias de la derrota en Bailén, y la huida apresurada de los franceses de Madrid camino de Burgos.
Tras este festejo, el rey francés impuesto a los españoles, pudo contemplar su segunda corrida, una vez recuperada la capital por la venida de Napoleón en persona y la derrota española de Somosierra, nada más y nada menos que año y medio más tarde, en El Puerto de Santa María.
El 18 de febrero de 1810 se organizaría en la plaza portuense un festejo, ordenado por el Marqués de Casa Tramáñez, “en obsequio y celebridad al honor que recibió esta Ciudad en que nuestro católico monarca el Sr. D. José I Bonaparte “Pepe Botella” se dignase favorecerla con su real presencia”, nos dirá el contratista del festejo Vicente García y Granado.
La corrida fue gratuita para los asistentes, y en ella se lidiaron cuatro toros de “los de Rivas”, dos de Francisco Gallardo, uno de don Manuel Lobo, y en el mismo torearía Jerónimo José Cándido. No debió quedar mal el espada, puesto que el Rey francés, hermano de Napoleón, le gratificaría con 500 reales de la época, y con él fueron gratificados también los cuatro picadores y los banderilleros, con distintas cantidades.
El rey José se hallaba en El Puerto intentando tomar el último bastión de la resistencia española: Cádiz; y con las fiestas de toros intentaba congraciarse con el pueblo español, que supo distinguir entre el acudir a los festejos y los amores a su legítimo soberano, el ingrato don Fernando VII. Desde este festejo del 18 de febrero de 1810, se sucederían otros en Madrid, configurando una temporada de 10 corridas y dos novilladas, a las que asistió la gente de la Corte, mientras en distintos lugares se lidiaba, con los franceses, en el verdadero campo del honor.